Cuando se anunció el eje temático de esta jornada, se me vinieron a la mente algunas frases ligadas a la clínica, la angustia, los afectos, que he escuchado por ahí, sueltas. Son estas frases que uno oye, e incluso sin saber muy bien su procedencia, resuenan. Me propongo, más que repetirlas, pensarlas y situarlas dentro de este contexto en un intento de fantasear sobre lo que habrán querido decir. Entre ellas, quiero partir por una en particular: “Está la angustia que engaña, y la que no engaña”. Si esto fuese así, ¿dónde ubicar el engaño?
Es sabido que la angustia ocupa un lugar privilegiado en el psicoanálisis lacaniano. Lacan le dedica un seminario entero, el Seminario X1, del cual se suelen retener y poner en circulación algunas fórmulas particularmente densas: “la angustia es el único afecto que no engaña”2, “la angustia no es sin objeto”3, “la angustia es cuando falta la falta” [cuando no hay posibilidad de falta]4, entre otras. Son sintagmas memorables, repetibles; y por ello, considero, susceptibles de ser transmitidos incluso cuando su alcance teórico-clínico no resulta del todo evidente.
Creo que esto último abre dos posibles malentendidos producto de una lectura apresurada. El primero consiste en que se corra el riesgo de contraponer falsamente una clínica del significante a una clínica del afecto, entendiendo los afectos como meros fenómenos imaginarios o ilusorios, descartables por ser menos verdaderos.5 El segundo, en el peor de los casos y ficcionando un poco, es que la angustia pase de ser una brújula a ser un objetivo, de manera tal que sus modulaciones, su presencia y su intensidad, se utilicen para evaluar la dirección de una cura, inaugurando una clínica “para” la angustia.
En Declinaciones de la angustia, Colette Soler plantea que la angustia es un afecto genérico del parlêtre: tan antiguo como el mundo, universalmente experimentado, aunque sus formas, ocasiones y manifestaciones varían según la historia, los discursos y las coordenadas singulares de cada sujeto.6 Posee, además, un estatuto de excepción: a diferencia de los demás afectos, que pueden desplazarse a lo largo de la cadena significante y engañar respecto de su causa, y que por ello mismo “no sirven de nada para orientarse”7, la angustia no se desplaza al encontrarse amarrada (arrimée) al objeto.8 Tenemos aquí dos fórmulas: “la angustia no engaña” y “la angustia no es sin objeto [a]”.
Me interesa esta doble condición: por una parte, la angustia es un afecto universal; por otra, es un afecto excepcional. No existe, por tanto, “la” angustia como experiencia homogénea, sino distintas variaciones teóricas y clínicas de esta que es preciso situar según el caso.
En Inhibición, síntoma y angustia9, Freud ya había distinguido entre la angustia automática, que sobreviene cuando el Yo queda desbordado por una magnitud de excitación que no puede tramitar, y la angustia-señal, que anticipa el peligro y pone en marcha la defensa para evitar el desborde. En este momento de su obra la angustia deja de ser concebida como efecto de la represión y pasa a situarse como aquello que la pone en marcha.10
En Lacan, la angustia tiene también diferentes articulaciones. En el Seminario X, la articula principalmente con el deseo del Otro y le permite avanzar en la elaboración del objeto a, situándola entre lo Simbólico y lo Imaginario.11 Más adelante, en R.S.I.12 la sitúa entre lo Real y lo Imaginario. Quisiera puntuar esto: si incluso la angustia, afecto que no engaña, tiene una pata en lo Imaginario, no me parece sensato descartar por completo los afectos por comprometer a este registro.
En relación con el fantasma, plantea también que “lo Real es soporte del fantasma” y que “el fantasma protege a lo Real”.13 Más adelante lo caracteriza como una pantalla que disimula algo de lo real. Puede pensarse, desde allí, que el fantasma opera introduciendo mediación y distancia respecto de lo Real. La angustia puede aparecer cuando esta mediación fantasmática vacila y algo viene a ocupar el lugar donde debía operar la falta. Frente a ello, en un intento de restituir este marco, el sujeto puede intentar localizarla mediante nuevas significaciones y montajes que recompongan algo de la distancia perdida, pero estas localizaciones pueden introducir el malentendido.
Puedo precisar ahora lo siguiente: la angustia no engaña estructuralmente respecto de su amarre al objeto a, pero no por eso es autoexplicativa, justamente por su relación con lo Real. El objeto a es causa del deseo, pero no causa de la angustia: respecto de esta, funciona más bien como aquello que la fija o ancla.14 Postulo entonces que el engaño de la angustia no pasa por ella misma, sino por las lecturas que se producen en torno a ella: por las significaciones mediante las cuales el analizante intenta localizarla cuando la mediación fantasmática vacila, pero también por la lectura que hace el analista. La angustia indica, pero no dice por sí misma qué significa ni se interpreta por sí sola.
Soler —y coincido con esto— rechaza la oposición entre una clínica del significante y una clínica del afecto: el significante afecta al cuerpo y, a su vez, el afecto sólo puede precisarse y ponerse en forma al articularse en el discurso.15 Tomado como evidencia inmediata, el afecto no representa al sujeto ni es aliado de la interpretación, ya que puede engañar respecto de su causa.16 Pero, al ponerlo a andar en la cadena significante y al seguir sus desplazamientos, es posible leer las significaciones e imaginarizaciones que lo acompañan y bordear algo de lo Real que el sujeto intenta tramitar.
Por otra parte, si bien la angustia es el afecto que no engaña, eso no significa que dirigir una cura implique producirla deliberadamente. Se me viene a la mente una frase dicha en esta pasantía, que me sigue pareciendo muy orientadora: “No hacemos clínica del signo, hacemos clínica del significante”.
Otra frase que se me viene a la mente, aunque la escuché en otro lado, es “No se hace hablar del sufrimiento a los pacientes”. No sé a propósito de qué, pero insiste en aparecer mientras escribo esto. En un intento de articularla, diría que sufrimiento y angustia pueden coincidir, pero el primero es una categoría más amplia y menos específica del padecimiento, mientras que la segunda posee coordenadas estructurales específicas.
No me consta, pero no me parece muy descabellado que una lectura apresurada o no situada pueda llevar a confundir angustia con sufrimiento, o a hacer hablar obligatoriamente a los pacientes sobre esto último. La angustia funciona como índice clínico, y el sufrimiento puede ser una de las muchas formas posibles en que una demanda se puede poner en marcha. Aun así, leer cualquiera de los dos como signo unívoco cuya mera presencia nos obligase a seguirlo es un forzamiento clínico, si no derechamente una forma de sadismo.
¿De qué se habla en un análisis, entonces? De lo que no anda, me han dicho. Pero lo que no anda no necesariamente aparece como angustia o como sufrimiento. A veces es necesario dar rodeos para aproximarse a ello: seguir el hilo de la repetición, los tropiezos, detenerse en los detalles y las sutilezas, entrar por la ventana. Una cosa es interrogar lo que aparece en el decir y otra extraer el sufrimiento a tirabuzón y persistir en ello. Si una intervención no da, no da.
En el Seminario XI, al ser interrogado por la angustia, Lacan afirma su carácter crucial para el psicoanálisis, pero añade también que “la angustia puede faltar” e indica la necesidad de canalizarla y dosificarla para que no nos abrume.17 La pregunta es, tanto técnica como ética: ¿cómo maniobrar con ella?
No hay clínica sin ética.18 Cabe entonces preguntarnos: ¿qué queremos obtener? Esto exige estar advertidos del lugar desde el cual intervenimos, pues nuestras intervenciones apuntan a efectos que únicamente podremos verificar a posteriori. Miller indica que el analista no está fuera del cuadro clínico: también está en él y, además, lo pinta.19 Somos partícipes de lo que intentamos leer.
Me parece que la cosa va por allí: dirigir, mas no imponer; intervenir, pero sin decidir de antemano lo que debe producirse; sostener una orientación, porque nuestra práctica no es una improvisación, pero no convertirla en certeza. La angustia puede orientar, pero su aparición no garantiza que se vaya por buen camino. Otra pregunta: ¿cómo orientarse por la angustia? Pero eso es otro tema.
Para concluir, retomo una observación de Colette Soler: en psicoanálisis nos encontramos con dos problemas de lectura: el problema de lectura del inconsciente y el de los textos fundamentales.20 Me sirvo de esta afirmación como un recordatorio a no limitarse a parafrasear, memorizar, o repetir fórmulas, por más (des)orientadoras que resulten. Es necesario preguntarnos por su procedencia, por el contexto en que fueron formuladas, por los conceptos con los que se articulan, por aquello que dejan fuera, y por las nuevas preguntas que permiten producir.
Mantengamos viva la curiosidad y el saber-alegre ya que, como me han dicho en muchas ocasiones —y que irónicamente quizá esta sea otra de esas frases a no repetir sin interrogar—, el día en que estemos 100% seguros de que estamos operando de forma “correcta”, es que ya dejamos de escuchar.
Muchas gracias.
Referencias
- Freud, S. (1992 [1926]). Inhibición, síntoma y angustia. En Obras completas (Vol. XX, pp. 71–164). Amorrortu.
- Lacan, J. (2007 [1962–1963]). Seminario X: La angustia. Paidós.
- Lacan, J. (1964). Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós.
- Lacan, J. (s. f. [1974–1975]). Seminario XXII: R.S.I. (R. E. Rodríguez Ponte, Trad.) [Versión crítica digitalizada].
- Miller, J.-A. (2007 [1983]). “Dos dimensiones clínicas: síntoma y fantasma”. En J.-A. Miller y D. S. Rabinovich, Dos dimensiones clínicas: síntoma y fantasma / La teoría del yo en la obra de Jacques Lacan. Manantial.
- Soler, C. (2004 [2000–2001]). Declinaciones de la angustia.
- Soler, C. (2011). Los afectos lacanianos. Letra Viva.
Notas al pie
Lacan, J. (2007 [1962–63]). Seminario X: La angustia. Paidós. ↑
Ibid., p. 337. ↑
Ibid., p. 101. ↑
Ibid., p. 64. ↑
Soler, C. (2011). Los afectos lacanianos. Letra Viva, p. 10. ↑
Soler, C. (2004 [2000–2001]). Declinaciones de la angustia, p. 6. ↑
Ibid., p. 13. ↑
Ibid. ↑
Freud, S. (1992 [1926]). “Inhibición, síntoma y angustia”. En Obras completas, Vol. XX. Amorrortu. ↑
Soler, C. (2004 [2000–2001]). op. cit., p. 7. ↑
Ibid., pp. 9–10. ↑
Lacan, J. (s. f. [1974–75]). Seminario XXII: R.S.I. (R. E. Rodríguez Ponte, Trad.) [Versión crítica digitalizada], p. 16. ↑
Lacan, J. (1964). Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós, pp. 49, 68. ↑
Soler, C. (2004 [2000–2001]). op. cit., p. 15. ↑
Soler, C. (2011). op. cit., pp. 11, 54–55. ↑
Ibid., pp. 16–17. ↑
Lacan, J. (1964). op. cit., p. 48. ↑
Miller, J.-A. (2007 [1983]). Dos dimensiones clínicas: síntoma y fantasma. Manantial. ↑
Ibid., p. 14. ↑
Soler, C. (2004 [2000–2001]). op. cit., p. 13. ↑