En RRSS y en el discurso contemporáneo abunda un nuevo vocabulario: listas de red flags/green flags, “hombres y mujeres de alto valor”, conductas de “migajeo” y un largo etcétera. Una serie de cartografías del otro, y de sí mismo, trazadas para anticipar el terreno, que prometen el establecimiento de un vínculo sin fricciones. Sin eso que duele. Sin eso que descoloca en el encuentro.
Como impasse propio del consumismo actual, vivimos en una época en la que se tiende a extraer lo problemático de los productos que consumimos. Chocolate sin azúcar, cerveza sin alcohol, café sin cafeína; no fumamos, pero vapeamos. El goce se tolera siempre y cuando este sea saludable. Siempre y cuando no amenace nuestra estabilidad. Podríamos decir que algo similar ocurre con el amor: se lo quiere, se lo demanda, pero sin el resto, sin aquello que no se puede controlar, sin su opacidad.
La opacidad como condición del deseo
El problema es que dicha opacidad puede pensarse como aquello que posibilita el deseo. El deseo no se orienta simplemente hacia un objeto plenamente disponible: se sostiene en lo velado y en la ausencia de un objeto que pueda colmarlo por completo. En ese sentido, el velo no funciona solo como un obstáculo, sino como aquello que pone de relieve la ausencia. El objeto velado no adquiere su consistencia a priori; más bien, la recibe de su propia condición de velado. Por eso, el deseo no apunta a lo que está detrás del velo, sino que se detiene ante él.
Hay un nombre para lo que el deseo supone en el otro: ágalma. Ese objeto precioso, envuelto de manera tosca, que Alcíbiades supone en Sócrates. En esa escena del Banquete, lo valioso no aparece como un atributo propio y visible del otro, sino como aquello precioso que el amor le supone y que el deseo construye en él. Justamente por eso, el ágalma puede ser entendido como aquello que no coincide nunca del todo con algo simplemente mostrable.
Así, cuando se pretende levantar del todo el velo, como Acteón devorado por sus perros, el deseo puede llegar a extinguirse1. Si las red flags son un elemento parte de la fantasía contemporánea de conocer todo lo del otro de antemano, o de abrir el sileno por completo antes de amar, el resultado es que, al creer conocerlo todo del otro, ya no queda nada por desear. Entender la opacidad como condición habilitante del deseo es reconocer que aquello que no se termina de ver en el otro es también aquello que lo hace deseable, y, al vínculo, posible.
El choque con lo insoportable
Dicho esto, la pregunta persiste: ¿qué hacemos con esta imposibilidad? ¿hay siquiera un hacer posible con lo imposible?
Una opción es insistir, exigir que el otro se transparente a nosotros antes de arriesgarse; apostar a que, si se sabe suficiente, no habrá sorpresas desagradables, reduciendo el riesgo al mínimo, como si pudiera completarnos de una vez para siempre. La otra vía no es un romanticismo ciego, sino consentir la opacidad: una apuesta que asume que el encuentro amoroso se sostiene, de entrada, sobre la falta de garantía.
Cuando el discurso de la “responsabilidad afectiva” se distorsiona hasta convertirse en una demanda de garantías, esa primera opción aparece hoy con bastante frecuencia. Pero cuando corremos la cortina por completo, nos damos cuenta que detrás del velo no hay un compañerx perfecto, ni tampoco el ágalma que suponíamos: encontramos un otro con manías, opacidades y formas de gozar que pueden llegar a resultarnos insoportables.
Pero el que sea insoportable no es una falla. Forma parte de su condición. Lacan llamó a esta articulación odioamoramiento (hainamoration). No se trata simplemente de ambivalencia, lo cual sugeriría que odio y amor son afectos que alternan según el momento, sino amor y odio entendidos como parte de la misma estructura. En esa línea, no se conoce amor sin odio: se odia aquello que del otro se ama, precisamente porque nos resulta ajeno, inasimilable y, a su vez, demasiado próximo. Es el choque con eso real del otro lo que despierta el odio dentro del amor mismo.
Consentir la fricción
No se trata de romantizar el sufrimiento ni bancarse vínculos dañinos. Pero sí de entender que hay puntos donde el lazo puede tornarse insoportable. Hay algo que irrita, hay algo que descoloca. Y aquello es prueba de que el otro es, bueno, un otro. Con su modo de gozar, con sus mañas, con su opacidad, y con su forma de existir que no siempre es como uno lo quisiese, que no siempre se ajusta a nuestra medida.
En las listas de red flags, hay algo genuino: el intento de no repetir lo que dañó, así como también una forma singular de relacionarse. Esto es válido y no trivial. La pregunta no es si esto tiene sentido, sino más bien, cuándo esto deja de ser una brújula y se convierte en un intento de hacer a un Otro manejable, medible y verificable, sin dejar espacio a la sorpresa o a la novedad. Ahí hay algo que se pierde, tanto del otro, como de sí mismo, como también de la posibilidad del encuentro entre ambos.
Lo que el otro mueve en nosotros no es algo menor. La irritación, la dependencia, el miedo a la pérdida, no son solo señales de alarma, sino también de que gracias a la singularidad del vínculo, pudo emerger algo propio.
Quizá la pregunta no sea encontrar cómo hacer existir un lazo sin dolor, sino qué hacemos con eso que el otro nos mueve: si lo administramos, si lo evitamos, o si nos dejamos tocar por ello. O dicho de otro modo: cómo hacer existir la posibilidad de un encuentro, en su singularidad, caso a caso, pese a lo insoportable que puede llegar a ser.
Consentir a esa fricción, apostando por un vínculo posible.
Referencias
- Žižek, S. (2021). Chocolate sin grasa y prohibido fumar: por qué nuestra culpa por consumir lo consume todo. En Chocolate sin Grasa. Godot (Trabajo original publicado en 2014).
- Lacan, J. (1956-1957). Seminario IV: La relación de objeto. Paidós.
- Lacan, J. (1960-1961). Seminario VIII: La transferencia. Paidós.
- Lacan, J. (1972-1973). Seminario XX: Aun. Paidós.
Notas al pie
El punto no es “detrás hay algo”, sino el velo como la causa estructural del deseo. Es una articulación significante, no una sustancia. Una función. ↑